domingo, diciembre 21

El zapatazo a Bush, ¿una desgracia para el periodismo?

Hablar mal de Bush hijo es casi una moda. Se celebran las bromas sobre sus limitaciones; es increíble el consenso de culparle buena parte de los males económicos de la humanidad actual y hay un acuerdo bastante extendido de su nefasto legado.
Sí, hablar mal de W, como el nombre de la reciente película crítica de Oliver Stone sobre el personaje, es popular. Y más aún si se le tira un par de zapatazos con las cámaras del mundo entero filmándolo. Ya lo saben, Muntadhar al-Zeidi es un héroe planetario. Diría que con mucha más fuerza un héroe árabe porque le lanzó sus zapatos (una ofensa grande dentro de la simbología de la cultura islámica), al presidente de la aún nación más poderosa del planeta. Chequéenlo de nuevo acá o profundicen sobre el asunto cultural en este link.



Al-Zeidi es periodista. Un periodista ahora popular. Está preso y puede ser condenado por atentar contra la seguridad de un jefe de estado extranjero. La cadena de televisión en donde trabaja como reportero, Al-Baghdadia, lo ha revestido de paladín y pide su liberación. Reporteros sin fronteras también solicita que lo dejen libre.
A simple vista Al-Zeidi hizo lo que muchos quisieran hacer o desearían que otro haga. Demostrar la ira y el desprecio a un gobernante que será recordado más por sus desaciertos, inexactitudes y prepotencia, que por su liderazgo y logros. Una lectura rápida del asunto arranca risas y hurras. También admiración por la valentía del colega. Pero creo que los zapatazos fallidos a Bush deben llevar a una reflexión, más allá de la antipatía que acumula históricamente el presidente de EE.UU o de las bromas sobre el asunto (leí unas de colegas de EE.UU. que destacan la capacidad de visión periférica, casi de beisbolista, de W).
Es una reflexión sobre el oficio, sobre las responsabilidades y prebendas de acceso que tenemos los periodistas por ser eso: periodistas. The Globe and Mail, uno de los principales diarios de Canadá, hizo un editorial sobre el asunto.
Lo más destacable de esta reflexión son los dos siguientes párrafos: "Zaidi ganó su acceso privilegiado a Bush en base a la fortaleza de su acreditación como periodista. Sin ella, él hubiera sido uno más de los activistas anti-Bush, vociferando insultos inaudibles detrás de barricadas y un fuerte cordón de seguridad. El precio para este acceso era el deber de tratar a Bush como a cualquier otro sujeto noticioso, justa y profesionalmente..."
El diario termina con su análisis así: "El momento en que los líderes mundiales piensen que serán objetivos de proyectiles lanzados por reporteros será el momento en que el acceso privilegiado terminará, no solo para Zeidi, sino también para otros periodistas, haciendo daño al trabajo vital de una prensa libre".



¿Es Muntadhar al-Zeidi un héroe periodístico? ¿Hay que tomar en cuenta su realidad personal -de periodista iraquí que camina entre las ruinas de su país ocupado por una fuerza extranjera y que ha visto tanta muerte por una guerra absurda- como un argumento para entender su actitud? Son preguntas cuyo análisis debería ir por las esencias del oficio. Y una de ellas es la confianza y el espacio ganado por la credibilidad de que a lo que vamos es a hacer preguntas, a recabar información. A lo que vamos es, también, a hacer contrapoder cuando se debe hacerlo. Bush y cualquier funcionario necesitan buen periodismo. No buenos zapatazos.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

acertado tu comentario.la principal obligación del periodista es mantener ese enlace entre los detentadores del poder y el público. El tenía la obligación de mantener la neutralidad ante Bush. Hay maneras de protestar.

edù dijo...

A este periodista se le olvidò en ese momento que llevaba una credencial en el pecho. Quizàs la dejò en casa el mismo dìa que escuchò a Bush decir, apenado y con ojos tristes, que se arrepiente de invadir Irak. (nueve meses antes, habìa dicho que la guerra era "justa, noble y necesaria" con ceño fruncido incluìdo). ¿Quièn caminaba entre escombros, o quizàs tambièn, entre cuerpos descompuestos: el periodista o el ciudadano?.