Carlos Villar Borda, periodista colombiano.
Foto: Diario El Universo
A Carlos Villar Borda lo conocí cuando yo recién empezaba a ejercer el oficio más maravilloso del mundo. Canoso, de paso lento, con sus lentes y barba de abuelo, muy acorde a los inicios de sus setenta. Tenía una voz fuerte para sentenciar algo, para decir que esto era o no era así.
Hablaba con pasión del periodismo, un oficio que para él era como respirar. Hablaba, también, con la entrega de una persona que estaba dedicada en esos momentos a formar periodistas. Tenía una visión clásica del periodismo, esa que te martillaba que los que comienzan en esto deben primero aprender a escribir bien un breve para luego querer hacer una crónica.
Tenía, además, varias manías de periodista, de esos que casi todo lo relacionan con el oficio, con la posibilidad de una noticia, de una foto. Con ese algo que puede terminar impreso en un papel periódico que te manche los dedos. Recuerdo cómo le fascinaba analizar las posibilidades de leads en una información dura. Pensaba que muchas veces podíamos ser audaces en sus encabezados sin perder la compostura, pero sobre todo creía en que había que sudar la palabra.
A Carlos Villar Borda, ese periodista colombiano que acaba de fallecer en Bogotá a los 84 años, le movía una pasión -que a veces parecía la de un niño-, al descubrir que detrás de eso de lo que estabas hablando había una gran historia, una posibilidad maravillosa para hacer una crónica.
Vivió caídas de presidentes, revoluciones, muertes de guerrilleros (informó del asesinato del Che Guevara en una reportería increíble que se reseña en su libro La Pasión del Periodismo). En un solo concepto que marcó al siglo XX: vivió la Guerra Fría. La reportó desde Washington, Nueva York, Bogotá, Caracas, La Paz, o desde donde le tocaba vivirla a través de su trabajo por más de dos décadas en la desaparecida United Press International (UPI), con la que realizó coberturas en más de 30 países. Fue, también, director de Lecturas Dominicales de Diario El Tiempo y recorrió Latinoamérica para dar asesorías.
Entre esas, ya en sus últimas etapas como parte fundamental en los procesos de cambio y modernización de Diario El Universo, en Guayaquil, tuve la suerte de recibir sus consejos. De poder acercármele después de una cobertura y preguntarle, angustiado, si lo había hecho bien.
De escucharlo entrar a la Redacción y alzar la voz para dirigirse a una periodista experimentada a la que él respetaba y solo saludarla con una palabra: ¡Periodista! Para él esa palabra encerraba un estilo de vida, un destino. Era, a la vez, fortaleza, vigor, amor, vocación de por vida.